De Pepi, con amor
Pepi tenía catorce años, un delantal muy grande y una profesora que se llama Cecilia.
Cecilia le enseñó a hacer garrapiñada. Azúcar, fuego, una cuchara de madera y mucha paciencia. Es la primera receta de pastelería que Pepi aprendió en su vida y (spoiler) no iba a ser la última.
Ese noviembre, algo hace clic. Pepi mira la olla, mira el maní caramelizado dando vueltas, huele ese aroma que llena toda la cocina y piensa “esto lo tiene que probar alguien más”.
Lleva una bolsita al colegio. La prueba poca gente. Les gusta mucho. Pepi sonríe.
Al año siguiente se acuerda. Hace más. Ya son veinte personas las que esperan sin saber que esperan.
Y así, sin que nadie se lo pidiera, sin que nadie se lo explicara, nació una tradición. Cada noviembre, Pepi aparece con bolsitas de garrapiñada para repartir entre la gente que quiere. Una forma de decir te pienso sin ponerse demasiado sentimental. Una forma de dar amor en formato crocante y caramelizado.
Hoy son más de ciento cincuenta personas las que reciben su garrapiñada cada diciembre. La lista creció, los sabores también. El maní sigue siendo el de siempre. La almendra es para los especiales. Y el cajú con picante… bueno, eso fue un accidente feliz que no vamos a explicar demasiado.
Pepi no reparte garrapiñada a cualquiera. Hay una lista, como la de Papá Noel, pero con mejor sabor. Y si estás acá, en esta web, ya sabés lo que eso significa.
¡Que lo disfrutes!
Pedro Dubosc, al que le dicen Pepi desde salita de dos.